A lo largo de más de un siglo, el automóvil, tal como lo concebimos hoy, ha sido una sucesión de pequeños grandes avances. Ahora, en plena transición hacia la movilidad eléctrica, surgen voces que cuestionan un proceso que aunque a muchos les pese, es imparable. ¿Por qué resistirse al cambio cuando está sustentado en la misma lógica que nos trajo hasta aquí? Tal como evoluciona la técnica, nadie puede asegurar tampoco que estemos ante la solución definitiva.
Sin embargo, negar lo evidente nunca ha servido para frenar el progreso. La historia de nuestro protagonista, como cualquier otro gran invento humana, se ha forjado a base de pequeños avances. No fue una chispa genial, sino una secuencia continua de mejoras - de las ruedas de madera a los neumáticos radiales, del carburador al sistema de inyección, de los frenos de tambor al ABS-. Así, sin casi darnos cuenta, la tecnología ha ido dando forma a la máquina que hoy conocemos.
La llegada del coche eléctrico no es una ruptura con el pasado. Es una evolución más, aunque de gran impacto por lo que implica. Cambia la mecánica de combustión por una eléctrica, pero mantiene el mismo espíritu que se ha venido persiguiendo durante las últimas décadas, buscar la eficiencia, mejorar la seguridad, reducir el impacto, en definitiva, adaptarse a las nuevas exigencias. La diferencia ahora es el contexto. La emergencia climática no admite demora y el transporte, en cualquiera de sus formas responsable de un alto porcentaje de emisiones globales, está en el centro del foco.
Y, sin embargo, hay quien aún lo pone en duda viendo en el vehículo eléctrico una moda pasajera, una imposición política o incluso una amenaza para la propia esencia del automóvil. Sorprende tanta obstinación por negar lo evidente cuando la historia les contradice, todas las grandes revoluciones tecnológicas fueron, al principio, recibidas con cierta desconfianza.
Lo que está en juego hoy no es solo una nueva tecnología, sino una oportunidad de futuro. Cada avance en autonomía de las baterías y también, y por qué no decirlo, en el reciclaje de materiales nos acerca a una movilidad más limpia. ¿Es perfecta? No. ¿Es mejor que seguir quemando combustibles fósiles? Sin duda.
La resistencia al cambio suele esconder intereses que, seguramente analizados en profundidad, podrían tener hasta su justificación. Pero el progreso muchas veces no ha sido cómodo. Si algo nos ha enseñado la historia es que cada mejora, por pequeña que parezca, puede marcar un antes y un después. Hoy, como en tantas otras ocasiones, la tecnología nos ofrece un instrumento para mejorar, pero este por sí solo no basta. El futuro depende de nuestras decisiones, también de nuestro compromiso. Está en nuestra mano aceptar el cambio, lo contrario sería dar la espalda a la realidad de la historia y la evidencia del progreso.
