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Prueba: Volkswagen Golf GTI 50 Aniversario

Hay coches que dejan huella. Durante cincuenta años, el Golf GTI ha acompañado a varias generaciones de conductores demostrando que la deportividad no tiene por qué estar reñida con lo práctico. Por eso, la llegada del nuevo GTI 50 Aniversario no es simplemente el estreno de una nueva edición, es la celebración de una forma de entender el automóvil.

Hoy dejamos aparcado la electrificación, las baterías y los tiempos de recarga, para sumarnos a una conmemoración. Detenemos el reloj por un instante para rendir homenaje a una leyenda que aprovecha cinco décadas de evolución para presentar la generación más potente de su historia.

El Golf GTI, el verdadero GTI porque también hay imitadores, no ha necesitado escudarse en la extravagancia para llamar la atención. Basta con una línea roja atravesando el frontal, unas llantas bien aparentes y una silueta reconocible para comprender que estamos ante algo especial. Esta edición cincuenta aniversario mantiene intacta esa esencia, aunque añade pequeños detalles exclusivos que recuerdan que no estamos ante un GTI cualquiera, sino ante la última representación de uno de los iconos más importantes de la historia del automóvil.

Hasta aquí la parte romántica. Es momento de dejar a un lado la nostalgia, ponernos al volante y empezar a buscarle las cosquillas. Es precisamente en ese momento donde te das cuenta de que el "50 Aniversario" no es solo una evocación más con un par de emblemas conmemorativos. Volkswagen ha aprovechado la ocasión para crear el Golf GTI de producción más prestacional, un compacto que desarrolla 325 CV y 420 Nm de par gracias a la evolución del conocido motor 2.0 TSI, asociado a la transmisión DSG de siete velocidades y a un diferencial delantero electrónico que evita las pérdidas de tracción.

Las cifras son siempre una buena referencia. Oficialmente, acelera de 0 a 100 km/h en apenas 5,3 segundos y alcanza los 270 km/h, pero sería injusto resumir este coche en un puñado de datos. El verdadero mérito reside en haber mantenido intacta su filosofía sin renunciar a la versatilidad que siempre lo ha caracterizado. Y es que, aunque siempre alerta y dispuesto a sacar a relucir todo su potencial, también sabe mostrar una cara amable.

Elementos como la suspensión adaptativa, la relación del cambio DSG según en qué modos y el desempeño general del conjunto también permiten convivir a diario con él, circulando con la misma naturalidad con la que un instante más tarde podría enfrentarse, a ritmo elevado, a una sucesión de curvas sin despeinarse. Esa doble faceta, la de ser capaz de emocionar cuando se le exige y de comportarse con absoluta normalidad cuando las circunstancias lo requieren, sigue siendo uno de sus principales atractivos.

Como decíamos, no necesita grandes artificios para diferenciarse, pero en esta ocasión conviene hacer una salvedad. La unidad protagonista de nuestra prueba incorpora el paquete opcional “Performance”, un conjunto de mejoras pensadas para quienes siempre piensan que hay margen de mejora.

La consigna sigue siendo la discreción, aunque los cambios no pasan desapercibidos para el ojo experto. Incorpora llantas específicas de 19 pulgadas sobre las que se montan neumáticos semi-slick Bridgestone Potenza Race, mientras que en la zaga asoman las salidas del sistema de escape Akrapovic R-Performance con silenciosos traseros de titanio, un elemento que además aporta una banda sonora de lo más reveladora.

No todo es imagen, el apartado técnico también tiene sus singularidades, y es que cuenta con un chasis rebajado cinco milímetros más y el eje delantero adopta una geometría más agresiva debido al aumento de la caída negativa. Pequeños ajustes que unidos a la reducción del peso total de conjunto, terminan marcando la diferencia.

Aun así, la verdadera sensación de estar ante algo fuera de lo común llega cuando abres la puerta, te acomodas en el asiento y apoyas las manos en el volante. La posición de conducción, baja y envolvente, consigue que te sientas acoplado con el coche desde el primer instante. Los asientos deportivos ofrecen una excelente sujeción lateral sin resultar incómodos y el grosor del volante, revestido en microfibra, invita a cogerlo con decisión.

La ambientación, al igual que el exterior, prescinde de artificios, la clásica tapicería de cuadros vuelve a ser protagonista, reinterpretada para esta edición especial junto a detalles exclusivos como los emblemas GTI 50, los cinturones de seguridad en rojo o los pedales específicos acabados en aluminio.

Frente al conductor encontramos la instrumentación digital y el sistema multimedia, desde donde se accede a las funciones habituales, incluidos los distintos modos de conducción. Entre ellos destaca el perfil específico Performance. Al seleccionarlo, la respuesta es aún más inmediata, las válvulas del sistema de escape permanecen completamente abiertas y la electrónica se vuelve más permisiva, concediendo alguna que otra licencia extra antes de intervenir. El resto del habitáculo mantiene la sobriedad habitual de un GTI, el selector del cambio ocupa su lugar sobre la consola central y no hay más elementos superfluos que distraigan la atención.

A partir de ahí, la comunión con el vehículo es perfecta gracias a la precisión de la dirección y el aplomo que demuestra. La sensación de estabilidad invita a aumentar progresivamente el ritmo, mientras que la puesta a punto aporta un plus de seguridad y agarre especialmente apreciable en los trazados sinuosos. Todo ello se traduce en una gran confianza al volante y en una conducción de lo más gratificante confirmando que, cincuenta años después, el GTI sigue siendo tan efectivo y emocional como siempre.

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